Viena evoca palacios, música y patrimonio imperial. Pero sumergirse en Viena descubre una ciudad que ha convertido la vivienda asequible en una de sus señas más reconocibles

Tras años de profesión, reconozco que siempre me han interesado los proyectos con una visión de largo plazo, que aspiran a impactar de manera sostenida en sus comunidades y que, precisamente por esa voluntad de permanencia, terminan formando parte de ellas. También los proyectos políticos, especialmente aquellos que, durante generaciones, acaban forjando la reputación de un lugar. Cuando una determinada manera de entender la ciudad consigue mantenerse en el tiempo, sus efectos van incorporándose a la vida cotidiana hasta convertirse en cultura, identidad y, finalmente, marca.

En Viena, el compromiso con la vivienda se puede recorrer, habitar y reconocer en edificios, profesionales con un firme compromiso, presupuestos generosos y servicios públicos que se entrelazan con las políticas residenciales de una manera orgánica y efectiva. Una historia política reconocible que, lejos de quedarse en la memoria de quienes la impulsaron, mantiene una presencia concreta en la vida de sus habitantes.

Viena sorprende. Aunque la agenda de estos días, con la delegación del Gobierno Vasco y un grupo de periodistas de Euskadi, nos ha dejado poco tiempo para descubrirla con calma, hemos tenido el privilegio de acercarnos a ella desde sus barrios y sus instituciones. En el Ayuntamiento nos recibió Waltraud Karner-Kremser, presidenta de la Comisión Municipal de Vivienda, Renovación Urbana y Mujeres, con quien hablamos de la regulación del alquiler, del mantenimiento y la rehabilitación del parque residencial, del envejecimiento y de la convivencia intergeneracional. Cuestiones que, en ese edificio monumental que forma parte del esplendor que la ciudad proyecta hacia el mundo, nos llevaron a conocer cómo se atiende a quienes viven en sus viviendas públicas.

Una ciudad que ha convertido una política en identidad

Desde la primera sesión sobre el modelo vienés hasta las reuniones con wohnfonds_wien y Wiener Wohnen, pasando por Karl-Marx-Hof, Nordbahnhof, Sonnwendviertel, Wildgarten y Seestadt Aspern, hemos ido conociendo distintas piezas de una política de vivienda con un recorrido centenario. Cada visita nos ha permitido abordar una cuestión —cómo disponer de suelo, financiar, seleccionar proyectos, construir barrios, conservar el parque o atender a quienes viven en él— que, conectada con las demás, muestra una manera de entender el progreso vinculada a las condiciones de vida de la mayoría social.

Esta dimensión tiene, a mi juicio, un enorme valor reputacional, porque las decisiones mantenidas durante décadas dejan huella en la estructura urbana, en las instituciones y en las expectativas de sus habitantes, así como en la mirada de quienes llegan desde fuera. En Viena, la historia de la socialdemocracia tiene esa expresión material: el compromiso con las clases medias y trabajadoras ha dado lugar a viviendas, equipamientos y servicios que siguen en funcionamiento y que permiten reconocer, en la ciudad actual, el sentido de aquella apuesta política.

Me parece especialmente relevante en un momento en el que hablamos tanto del atractivo de una buena marca ciudad o marca país, puesto que la fuerza de una identidad territorial depende de las experiencias y las políticas que terminan asociándose a ese lugar. Viena puede enseñar su compromiso con la vivienda asequible y, desde el punto de vista de la comunicación, esa posibilidad tiene un valor enorme: permite que el relato se contraste con una realidad que lo acredita.

La reunión con wohnfonds_wien nos acercó a una de las bases del sistema, la capacidad de adquirir y preparar suelo con una perspectiva de largo plazo, así como a una decisión reveladora en la selección de los proyectos. Al valorar la calidad arquitectónica, la sostenibilidad y las condiciones económicas de las futuras viviendas, incluido el alquiler que pagarán sus habitantes, la asequibilidad se incorpora al momento en el que se decide qué construir y cómo hacerlo. Los criterios de un concurso expresan, de este modo, qué considera valioso una institución y qué resultados espera de quienes participan, haciendo visibles unas prioridades que condicionarán el acceso a la vivienda mucho antes de que una familia firme su contrato.

Explicar esa cadena, que empieza en la planificación, el coste del suelo y las condiciones de la promoción y de su gestión, ayuda a comprender los tiempos de una política de vivienda y sus efectos sobre varias generaciones. Para quienes trabajamos en comunicación, hacer visible lo que todavía no se ve supone uno de los principales retos, ya que explicar el suelo que se adquiere, el planeamiento que se modifica o la financiación que se prepara resulta más difícil que enseñar unas llaves o inaugurar un edificio. Sin embargo, es ahí donde comienza muchas veces la transformación y donde la comunicación puede contribuir a generar la confianza necesaria para sostener políticas cuyos resultados exceden el ciclo inmediato.

Los recorridos por Nordbahnhof y Sonnwendviertel, la visita a Wildgarten y el desarrollo de Seestadt Aspern nos han mostrado respuestas diferentes a una misma cuestión: cómo ampliar la ciudad ofreciendo buenas condiciones de vida. La conexión con el transporte colectivo, la convivencia entre densidad y naturaleza, la mezcla de usos y perfiles sociales y la diversidad arquitectónica aparecen como decisiones de diseño que, aunque puedan parecer técnicas, condicionan la manera en que se organiza la vida cotidiana.

Dentro de esa diversidad de soluciones, me ha interesado especialmente la mezcla de rentas, generaciones, actividades, tipologías y formas de habitar, porque una ciudad diversa necesita espacios donde sus habitantes puedan encontrarse con normalidad. Aunque convertir la proximidad física en convivencia requiere gestión y cuidados, el diseño puede facilitar ese encuentro mediante lugares compartidos, actividad y relaciones de barrio, evitando que cada grupo quede encerrado en un ámbito con pocas oportunidades para relacionarse con los demás.

En este punto, urbanismo y comunicación tienen mucho que decirse, puesto que la forma de presentar un nuevo barrio influye en cómo se recibe y las palabras que utilizamos para hablar de vivienda protegida, de sus residentes, de densidad o de alquiler pueden abrir posibilidades o reforzar prejuicios. Junto a los materiales, las calles y los parques con los que se construye una ciudad, existen imaginarios que condicionan aquello que una sociedad considera deseable, aceptable o posible y sobre los que también tenemos una responsabilidad profesional.

La arquitectura expresa el valor que una sociedad concede a quienes utilizarán un edificio, algo crítico en la vivienda, donde la luz, la accesibilidad, los espacios exteriores, el confort y la eficiencia energética influyen directamente en el bienestar. Vincular calidad y equidad permite que una promoción protegida, cuando está bien diseñada e integrada en la ciudad, genere orgullo y pertenencia, contribuyendo a una percepción de lo público asociada a la dignidad, la innovación y el buen servicio. Conseguir que esa vivienda se reconozca como una opción residencial deseable y una inversión colectiva es, por tanto, un reto que también se juega en el terreno cultural.

A él se suma otro: que el alquiler pueda ser reconocido como una forma estable de vivir. Durante demasiado tiempo hemos construido un imaginario en el que la propiedad representa la seguridad y el alquiler una etapa provisional, casi una sala de espera hasta poder comprar. Aunque modificar esa percepción exige, antes que nada, alquileres asequibles y estables, también requiere un cambio cultural que facilite la emancipación, la movilidad y los proyectos de vida de las clases medias y trabajadoras, para quienes vivir de alquiler debería poder convertirse en una elección compatible con la seguridad.

Cuando la gestión construye reputación

Karl-Marx-Hof aporta la profundidad histórica del viaje al seguir siendo, casi un siglo después de su construcción, vivienda municipal que mantiene la función residencial con la que fue concebida. Desde su origen incorporó servicios y equipamientos para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, lo que permite entender hasta qué punto la memoria de una política puede permanecer unida a hogares y vidas actuales, mientras el edificio que la representa adquiere valor patrimonial.

Esa continuidad permite acumular capacidad pública, puesto que cada generación recibe una base sobre la que seguir trabajando, con la responsabilidad de mantenerla, rehabilitarla y ampliarla. Se trata de una perspectiva que ayuda a comprender una política que se mide en décadas y cuyo valor depende tanto de la capacidad para construir como del cuidado cotidiano de lo construido.

Hace años escribía sobre la economía de la reputación y sobre una idea que sigo considerando vigente: la capacidad de alinear propósito, cultura y actuación. Aunque entonces pensaba fundamentalmente en las organizaciones, después de estos días en Viena creo que esa lógica sirve también para entender la reputación de una institución, una ciudad o un país, en la medida en que lo que hacemos de manera continuada acredita lo que decimos que somos. El propósito se ha convertido en gestión y esa gestión, sostenida durante generaciones, ha terminado convirtiéndose en reputación.

La reunión con Wiener Wohnen nos permitió comprobar esa dimensión cotidiana a través del mantenimiento, la atención a quienes viven de alquiler, la mediación, el acompañamiento y la adaptación de las viviendas a las necesidades de los hogares. Las preguntas de nuestra delegación se centraron en cómo intervenir ante un conflicto persistente, acompañar a una persona con dificultades, facilitar un cambio de vivienda cuando cambia la familia o atender el envejecimiento, cuestiones que explican buena parte de lo que significa gestionar un parque público.

Ahí aparece otro elemento central en cualquier estrategia reputacional: la ciudadanía como protagonista. La reputación se contrasta permanentemente con la experiencia de las personas, que en una política de vivienda se concreta en la respuesta ante una avería, la atención a un problema de convivencia o la capacidad para acompañar los cambios de una familia. En aquella reflexión hablaba también del peso creciente de los intangibles, intangibles que en el caso de Viena se sostienen con hechos desde hace un siglo. La confianza, el orgullo de pertenencia y la credibilidad se construyen sobre edificios que se mantienen, servicios que funcionan y compromisos que pueden comprobarse, hasta que la ciudadanía puede reconocer por sí misma aquello que una institución afirma representar. La reputación se construye comunicando, sí. Pero antes se construye gestionando.

La vivienda también define una marca ciudad

El modelo vienés invita a revisar qué entendemos por una ciudad atractiva y qué lugar concedemos a las condiciones que permiten desarrollar una vida en ella. Aunque el patrimonio, la cultura, la gastronomía, el paisaje, el talento o la capacidad económica ocupan un lugar destacado en la proyección de nuestras ciudades, emanciparse, formar una familia, vivir cerca del trabajo, disponer de tiempo para cuidar o envejecer con seguridad son expectativas que vinculan profundamente a las personas con un territorio y que merecen una atención equivalente.

La vivienda conecta muchas de esas expectativas, ya que su coste, calidad y ubicación influyen en las oportunidades y en la relación con la ciudad, así como en quién puede quedarse y quién acaba teniendo que marcharse. Existe, por tanto, una reputación interior, construida ante quienes ya viven en nuestras ciudades y necesitan sentir que el lugar donde han nacido, estudiado o encontrado trabajo sigue teniendo sitio para sus proyectos de vida.

Podemos construir ciudades extraordinariamente atractivas para visitar y cada vez más difíciles de habitar, una contradicción que forma parte de la conversación sobre competitividad, talento y cohesión en muchas ciudades europeas. Cuando una ciudad atrae actividad económica pero es incapaz de alojar razonablemente a quienes la hacen funcionar, las consecuencias alcanzan al conjunto de su modelo de desarrollo y cuestionan la manera en que se distribuyen las oportunidades.

En Viena, la amplitud social de la vivienda asequible contribuye a situarla en el centro del bienestar y a reforzar su reconocimiento colectivo, aunque mantener ese compromiso exige actualizar las respuestas ante el envejecimiento, los cuidados, los cambios familiares y la transición energética. Desde la comunicación, esa combinación de historia reconocible, propósito vigente y herramientas que evolucionan, permite construir un relato con profundidad y con futuro, capaz de acompañar los cambios sin perder el sentido de aquello que lo originó.

Una marca ciudad o una marca país puede expresar así qué entiende por progreso y cómo procura que sus beneficios alcancen a la mayoría. En el caso de Viena, cuya imagen internacional está tan vinculada a la fuerza simbólica de su patrimonio imperial, la vivienda municipal y asequible aporta una dimensión reputacional ligada al bienestar, la estabilidad y la equidad que merece ser reconocida con la misma atención.

Cuando la política se cruza con la calle

Una circunstancia ha atravesado todo este viaje: mientras recorríamos Viena y hablábamos de estabilidad residencial, alquiler asequible y políticas capaces de mantenerse durante generaciones, en España avanzaban las negociaciones para intentar convalidar los dos decretos de vivienda, fruto del desahucio de la madrileña Maricarmen Abascal. Dentro de la delegación y junto a quienes nos acompañaban desde los medios de comunicación, las noticias llegaban entre reuniones, visitas y desplazamientos, de manera que la posibilidad de un acuerdo fue dando paso a la constatación de que no llegaba.

Resultaba difícil abstraerse de esa tensión, especialmente al observar una ciudad que lleva un siglo construyendo continuidad en vivienda mientras nuestros teléfonos nos devolvían una discusión política que podía dejar sin efecto medidas destinadas a ofrecer mayor estabilidad y protección a las personas inquilinas. Finalmente, los dos decretos no han podido ser convalidados, dejando una sensación que trasciende la aritmética parlamentaria y que conecta con una frustración social que sigue creciendo y se hace transversal.

También ahí hay una enseñanza para quienes nos dedicamos a la comunicación, puesto que los movimientos sociales tienen una gran capacidad para convertir problemas complejos en mensajes que una mayoría puede comprender y hacer suyos. Las casas son para vivir. Pocas palabras contienen tantas discusiones (propiedad, inversión, alquiler, especulación, regulación, vivienda pública, fiscalidad, suelo o derecho a la ciudad) y, sin embargo, su potencia reside en condensarlas en una reivindicación que permite reconocer una experiencia compartida.

Las grandes mayorías sociales muchas veces empiezan a construirse así, cuando una preocupación encuentra palabras capaces de atravesar sensibilidades diferentes y convertirse en sentido común. Comunicar consiste también en allanar la complejidad sin vaciarla de contenido, haciendo que una política pueda incorporarse a una conversación que alcance a quienes viven sus consecuencias, aunque no conozcan todos sus instrumentos técnicos o administrativos.

Las calles llevan tiempo haciendo ese trabajo con la vivienda, donde coinciden quienes ven que sus hijas e hijos no pueden marcharse de casa, la trabajadora que debe alejarse cada vez más de su empleo, la familia que dedica una parte creciente de sus ingresos al alquiler y quien teme que el próximo contrato le obligue a abandonar su barrio. Cuando experiencias diferentes se reconocen dentro de un mismo problema, la reivindicación adquiere una dimensión que modifica también el espacio de lo políticamente posible.

Por eso, el aprendizaje de Viena va más allá de contar lo que hemos visitado y nos sitúa ante la responsabilidad de explicar decisiones complejas, relacionarlas con la vida cotidiana y escuchar las preocupaciones que generan. Al contribuir a que se comprenda la necesidad de ampliar y conservar el parque público, se normalice la mezcla de rentas y generaciones o se entienda la relación entre densidad y calidad urbana, la comunicación puede ayudar a generar las condiciones sociales que permiten sostener esas transformaciones. También cuando facilita que el alquiler se asocie a la estabilidad y a la posibilidad de desarrollar un proyecto de vida.

Entiendo la comunicación como catalizador del cambio precisamente en ese punto, cuando ayuda a transformar una preocupación individual en una conversación colectiva y permite que una sociedad imagine una realidad diferente. Las transformaciones profundas necesitan leyes, financiación y capacidad institucional, así como mayorías sociales que las sostengan y relatos capaces de conectar las decisiones públicas con experiencias reconocibles.

El derecho a quedarse

Viena tiene una historia propia, del mismo modo que Euskadi (mi tierra, profesionalmente hablando) cuenta con su trayectoria, sus instituciones y sus herramientas. El valor de este viaje está en conocer otras respuestas y preguntarnos qué aprendizajes pueden ayudarnos a avanzar, especialmente en la relación entre continuidad, calidad y gestión: mantener un rumbo permite acumular patrimonio y experiencia; la calidad refuerza su valor social y la gestión sostiene el compromiso en la vida cotidiana. Y de todo esto, Euskadi sabe mucho.

Las decisiones que tomamos hoy acabarán formando parte de la experiencia y de la memoria de nuestras ciudades, donde la manera en que construimos, cuidamos y compartimos el espacio dirá mucho de nuestra sociedad. También lo hará nuestra capacidad para responder a una sociedad que expresa con claridad creciente su preocupación por la vivienda y que necesita reconocer avances concretos en sus condiciones de vida. La caída de los dos decretos vuelve a demostrar que el camino no será lineal y que, junto a los avances y los acuerdos, habrá bloqueos y retrocesos. Pero los problemas permanecen después de las votaciones, porque los alquileres hay que seguir pagándolos, las personas jóvenes siguen queriendo emanciparse y las familias necesitan estabilidad. Ante esa realidad, resulta difícil pensar que la política del no pueda convertirse en una respuesta duradera. Las instituciones tendremos que seguir trabajando, del mismo modo que los movimientos sociales continuarán empujando ese cambio desde sus propias responsabilidades.

Después de estos días en Viena, me quedo con una idea que resume buena parte de lo aprendido: el acceso a la vivienda está profundamente ligado al derecho a quedarse, a poder seguir viviendo en la ciudad donde trabajas, donde están tus vínculos y donde has construido tu vida, sin que el precio de una vivienda te obligue a renunciar a todo ello. Un derecho que conecta con la posibilidad de que nuestras ciudades sigan siendo lugares donde desarrollar un proyecto de vida y que, por ese motivo, merece un lugar central en nuestras políticas y en el relato que construimos sobre nuestro país.

Porque la reputación de un lugar también se mide por su capacidad para ofrecer un futuro a quienes lo viven cada día. Viena nos ha enseñado mucho. Las calles también. Seguimos.