Todos hemos empleado alguna vez el término “generación perdida” para referirnos a esos jóvenes que ponen rostro al 37,46 por ciento de desempleo juvenil (según datos de la EPA correspondiente a diciembre de 2017) y también a aquellos que, tras intentar incorporarse al mercado laboral en plena recesión económica, han alcanzado la treintena inmersos en la precariedad laboral. Me refiero a la conocida como Generación Z –nacidos entre 1993 y 2010– y sus predecesores, la Generación Y –entre 1982 y 1992–. Menos familiar nos resulta, sin embargo, la otra cara de esta realidad, ejemplificada por estas mismas personas, jóvenes comprometidos, concienciados con la realidad que les rodea, jóvenes cargados de fuerza y talento que han asumido su rol de catalizadores del cambio y la responsabilidad de mejorar su entorno más cercano.

Ellos son los “nativos sociales”, hombres y mujeres que apenas alcanzan la treintena y que han incorporado las cuestiones sociales en su hoja de ruta personal y profesional, interiorizando su papel transformador y tomando consciencia del poder de sus acciones. Jóvenes colaborativos por naturaleza, portadores del germen de la innovación, que se apasionan por sus proyectos y emprenden nuevos retos que les hagan protagonistas del cambio, por pequeño que éste sea. Son, de manera indiscutible, quienes abanderarán la Agenda 2030. (…)

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