Hablemos de desigualdad. Pongamos sobre la mesa todas aquellas cuestiones que se convierten en un impedimento para que las mujeres se desarrollen en el plano profesional y consigan también una vida plena en lo personal. Debatamos sobre el techo de cristal, esa limitación no escrita que impide el ascenso laboral de las mujeres y que en palabras recientes de Silvia Buabent, directora del Instituto de la Mujer, se corresponde mejor con un material como es el hormigón armado. A la mujer, en muchas ocasiones, ni se la espera en las esferas directivas. Brecha salarial, corresponsabilidad, maternidad… son algunos de los obstáculos que reconozco en el día a día de compañeras y amigas a las que admiro.

Pero no perdamos el foco y hablemos de feminismo, una palabra que parece que en el discurso político de algunos perfiles la cargue el diablo. El término, en si mismo, conlleva una llamada a la acción, pues no se limita a constatar la desigualdad, sino que, una vez reconocida, promueve su erradicación y se consolida como el movimiento global actual con mayor capacidad para cuestionar nuestro sistema, construido y consolidado desde una perspectiva meramente masculina. Bajo esta máxima es como debemos acercarnos a ese feminismo positivo, una corriente que, llevada al ámbito empresarial, podría asemejarse a un proceso de mejora continua para alcanzar la mayor calidad y el mejor servicio posible.

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