Cafelito es el espacio que Julio Grisales ha montado en Lavapiés para hacer de la Calle del Sombrerete el templo de los amantes del café.

Mi vinculación al café tiene alguna que otra connotación familiar. Haciendo memoria, no recuerdo ni una sola sobremesa con mi padre en la que el café no fuese el protagonista. Y si pienso en mi madre, también. Ella siempre me ha intentado vender la historia de que, al embarazarse de mí, tuvo que huir de la cafeína. Antojo o superstición, parece que este hecho explicaría la mancha marrón con forma balear que decora mi espalda.

Está claro que el café inspira. Su olor, la textura y el propio ritual de tomarse un café solo, o en buena compañía, parecen argumentos suficientes para pensar en un lugar dedicado en exclusiva a rendir homenaje a las semillas de la planta de café. Y este templo ha sido alzado en el bullicioso barrio de Lavapiés. En medio del trajín que viven sus calles, parece mentira que uno pueda desconectar y parar el tiempo de la mano de Julio y Santiago, los rostros detrás de Cafelito. Este Starbucks de autor, pero en petit comité, invita a probar una de sus especialidades, el cafetoño, o café de otoño. Julio nos lo sirve con mucho amor y las preguntas llegan…

Eres nuevo en esto de la hostelería, ¿no?

Lo cierto es que no soy nuevo en este mundo. Llegué a la hostelería por una mezcla de casualidad y necesidad. Hasta hace poco alternaba mi trabajo en la cafetería de Casa de América con la dirección de arte en videoclips, cortometrajes y sesiones fotográficas. Pero desde que abrimos las puertas de Cafelito no tengo tiempo para nada más. No obstante, la creación de Cafelito ha supuesto un reto creativo con el que he podido combinar mi experiencia en ambos mundos. Todo suma.

¿Tu origen colombiano te ha empujado a este negocio?

Mi familia tiene una relación íntima con el café. Mi padre ha trabajado toda la vida en fincas cafeteras con gran tradición, pero nunca me imaginé que terminaría dedicándome de lleno al café.

Supongo que te habrá costado cambiar la moda y los focos por el mandil…

Regentar un local como Cafelito supone un reto… Un reto a la hora de crear un espacio cálido donde todo el que llegue se encuentre como en casa. No creo que pueda sustituir un mundo por otro pues la creación forma parte de mí. Confío en que la buena marcha de Cafelito me devuelva el tiempo para desarrollar otras pasiones.

El local está dedicado 100% al café, pero… ¿hay mercado?

Estamos convencidos de ello. Cada vez hay más personas que demandan un buen café y el barrio de Lavapiés, junto a Malasaña, son perfectos para el desarrollo de un proyecto como Cafelito. En Madrid no somos los únicos. Cada vez hay más iniciativas de este tipo. La creación de un tejido empresarial dedicado solo al café nos beneficia a todos.

Esto es casi terrorismo contra el refresco o la cerveza, ¿no?

No lo habíamos considerado así. De hecho, en el futuro pretendemos introducir más productos como por ejemplo cerveza artesanal o bebidas de origen ecológico.

Y de tu pasado creativo, ¿queda algo en Cafelito?

Todo. La creación del concepto, la adecuación del espacio y la personalización del mobiliario tienen mi sello. Cafelito requiere de mi creatividad a diario. Si quieres marcar la diferencia tienes que cuidar los pequeños detalles y para ello hace falta ser creativo.

¿Por qué os decantasteis por un barrio como Lavapiés?

Más bien el barrio se decantó por nosotros. Un amigo nos habló del local donde ahora estamos y lo vimos claro desde el principio. No necesitábamos buscar otro lugar. Cuando iniciamos las obras, comprobamos que Lavapiés era un barrio emergente en muchos aspectos y nos agrada la idea de formar parte de la vanguardia en este proceso.

Supongo que tendréis una clientela de lo más variopinta…

El público de Cafelito solo busca el buen café, es un público ecléctico. Sentimos que nuestra propuesta aúna a todo el mundo y eso nos llena de orgullo.

Antes me hablabas de Malasaña, ¿crees que Lavapiés va a ir ganándole terreno?

Son barrios compatibles y el concepto de ganar o perder terreno no tiene sentido. De todos modos, la multiculturalidad de Lavapiés hará que la evolución sea diferente. Confiemos en que no se masifique tanto como Malasaña.

Pero, cuéntanos… ¿cuál es el secreto de un café bien hecho?

Amor al producto y respeto al cliente.

He leído por ahí que el buen café se disfruta, se degusta, se olfatea y se reposa. ¿Cafelito cuenta con su propio ritual del café?

Por supuesto, solo pedimos una cosa a los clientes, que dejen sus problemas en el dintel de la puerta. Pasen y disfruten de un buen café. En Cafelito el tiempo se para.

¿Y habías preparado algún café de autor antes?

Nunca en serio. Es curioso, Cafelito me ha llevado a una experiencia de autoconocimiento muy intensa. No eres consciente de lo que sabes hasta que te enfrentas a ello. Trabajo, pasión y creatividad forman parte de este proceso. Es fascinante.

Cafelito frío en verano, cafetoño en otoño… ¿es fácil innovar en el mundo del café?

No creo que consista en innovar por innovar. La cosa es atreverse a salir de los esquemas marcados y divertirse en el camino. Jugar es la clave.

¿Pasando por un cambio cultural?

Más bien de costumbres.

O quitando el cortado y el café con leche de la carta.

Más bien personalizándola con las necesidades del cliente. De todos modos el café con leche y el cortado están incluidos en nuestra carta y son compatibles con propuestas más novedosas. Los clásicos nunca defraudan.

Clásico también es sentirse aquí como en casa de tu abuela, con la vajilla de porcelana, en un ambiente sosegado…

La abuela es sinónimo de tradición, dedicación, sabiduría y calidez. Es un viaje al pasado, una vuelta a la infancia. Eso hace que la experiencia en Cafelito sea única.

Y para resumir, en una palabra, ¿qué ofrece Cafelito?

Amor.

No me puede quedar más claro. Amor y café.

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 Fotos: Sofía Royo

La elección de Julio

Localización: Cafelito (Calle del Sombrerete, 20 – 28012 Madrid)

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